Empecé en esto desde joven, viendo cómo mi padre metía mano a los coches. Aprendí desde abajo, primero manchándome las manos y ahora solucionando averías con cabeza. Soy de los que creen que un buen mecánico te escucha primero y luego arregla. En mi taller no hay letra pequeña ni presupuestos inflados. Solo arreglos bien hechos.
A lo largo de los años, he descubierto que lo que más importa no es solo el conocimiento técnico, sino cómo se trata a la gente. Por eso tengo tres pilares que no negocio. Son la base de cómo trabajo cada coche que entra por la puerta.
Hoy en día hay muchos talleres, pero pocos donde te miren a la cara y te digan las cosas tal cual. Aquí no vienes a «ver si te venden algo», sino a arreglar lo que toca. Me esfuerzo en que salgas tranquilo, con el coche en orden.
Nada de llamadas sin respuesta ni promesas vacías. Me hablas tú, te respondo yo. Y lo que se dice, se cumple.
Antes de tocar el coche, te digo cuánto será y por qué. No hay sorpresas ni cargos raros. Aquí, cada euro se justifica.
Si algo se hace, se hace bien. Y si hay algo que ajustar, lo ajusto. Lo importante es que te vayas tranquilo.